Matthew 9DHH1996

1Después de esto, Jesús subió a una barca, pasó al otro lado del lago y llegó a su propio pueblo.

2Allí le llevaron un paralítico acostado en una camilla; y al ver Jesús la fe de aquella gente, dijo al enfermo: –Ánimo, hijo, tus pecados quedan perdonados.

3Algunos maestros de la ley pensaron: “Lo que este dice es una ofensa contra Dios.”

4Pero como Jesús sabía lo que estaban pensando, les preguntó: – ¿Por qué tenéis tan malos pensamientos?

5¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados quedan perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’?

6Pues voy a demostraros que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados. Entonces dijo al paralítico: –Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

7El paralítico se levantó y se fue a su casa.

8Al ver esto, la gente tuvo miedo y alabó a Dios por haber dado tal poder a los hombres.

9Al salir Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le dijo: –Sígueme. Mateo se levantó y le siguió.

10Sucedió que Jesús estaba comiendo en la casa, y muchos cobradores de impuestos, y otra gente de mala fama, llegaron y se sentaron también a la mesa con Jesús y sus discípulos.

11Al ver esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: –¿Cómo es que vuestro maestro come con los cobradores de impuestos y los pecadores?

12Jesús los oyó y les dijo: –Los que gozan de buena salud no necesitan médico, sino los enfermos.

13Id y aprended qué significan estas palabras de la Escritura: ‘Quiero que seáis compasivos, y no que me ofrezcáis sacrificios.’ Pues yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

14Los seguidores de Juan el Bautista se acercaron a Jesús y le preguntaron: –Nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia: ¿Por qué tus discípulos no ayunan?

15Jesús les contestó: – ¿Acaso pueden estar tristes los invitados a una boda mientras el novio está con ellos? Pero llegará el momento en que se lleven al novio, y entonces ayunarán.

16“Nadie remienda un vestido viejo con un trozo de tela nueva, porque lo nuevo encoge y tira del vestido viejo, y el desgarrón se hace mayor.

17Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, y tanto el vino como los odres se pierden. Por eso hay que echar el vino nuevo en odres nuevos, para que se conserven ambas cosas.”

18Mientras Jesús les estaba hablando, llegó un jefe de los judíos, se arrodilló ante él y le dijo: –Mi hija acaba de morir, pero si tú vienes y pones tu mano sobre ella, volverá a la vida.

19Jesús se levantó, y acompañado de sus discípulos se fue con él.

20Entonces una mujer que desde hacía doce años estaba enferma, con hemorragias, se acercó a Jesús por detrás y tocó el borde de su capa.

21Porque pensaba: “Con solo tocar su capa quedaré sana.”

22Pero Jesús, volviéndose, vio a la mujer y le dijo: –Ánimo, hija, por tu fe has quedado sanada. Y desde aquel momento quedó sana.

23Cuando Jesús llegó a casa del jefe de los judíos, y vio a los músicos que estaban preparados para el entierro y a la gente que lloraba a gritos,

24les dijo: –Salid de aquí. La muchacha no está muerta, sino dormida. La gente se burlaba de Jesús,

25pero él los hizo salir; luego entró, tomó de la mano a la muchacha y ella se levantó.

26Y por toda aquella región corrió la noticia de lo sucedido.

27Al salir Jesús de allí, dos ciegos le siguieron, gritando: –¡Ten compasión de nosotros, Hijo de David!

28Cuando entró en la casa, los ciegos se le acercaron. Él les preguntó: – ¿Creéis que puedo hacer esto? –Sí, Señor –le contestaron.

29Entonces Jesús les tocó los ojos y les dijo: –Hágase conforme a la fe que tenéis.

30Y recobraron la vista. Jesús les advirtió severamente: –Procurad que nadie lo sepa.

31Pero en cuanto salieron, contaron por toda aquella región lo que Jesús había hecho.

32Mientras los ciegos salían, algunas personas trajeron a Jesús un mudo que estaba endemoniado.

33Jesús expulsó al demonio, y en seguida el mudo comenzó a hablar. La gente, asombrada, decía: –¡Nunca se ha visto cosa igual en Israel!

34Pero los fariseos decían: –El propio jefe de los demonios es quien ha dado a este el poder de expulsarlos.

35Jesús recorría todos los pueblos y aldeas enseñando en las sinagogas de cada lugar. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba toda clase de enfermedades y dolencias.

36Viendo a la gente, sentía compasión, porque estaban angustiados y desvalidos como ovejas que no tienen pastor.

37Dijo entonces a sus discípulos: –Ciertamente la mies es mucha, pero los obreros son pocos.

38Por eso, pedid al Dueño de la mies que mande obreros a recogerla.

Dios habla hoy ®, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1966, 1970, 1979, 1983, 1996

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