1No destruyas a tu siervo. Si verdaderamente hacéis profesión de la justicia, sean rectos vuestros juicios, ¡oh hijos de los hombres!
2Mas vosotros obráis inicuamente en vuestro corazón, y empleáis vuestras manos en tramar injusticias en la tierra.
3Los pecadores andan enajenados desde cuando nacieron; se descarriaron desde el vientre de sus madres; no hablan más que falsedades.
4Su furor es semejante al de una serpiente; como el del áspid que se hace sordo, que te tapa las orejas,
5y no quiere escuchar la voz de los encantadores, ni del hechicero por más diestro que sea en los encantamientos.
6Pero Dios les quebrará los dientes dentro de la misma boca; las muelas de esos leones las desmenuzará el Señor.
7Todos serán reducidos a la nada, como agua que pasa y se disipa; tenso tiene el Señor su arco hasta tanto que sean abatidos.
8Como la cera que se derrite, así serán deshechos; cayó fuego sobre ellos, y no vieron más el sol.
9Antes que los enemigos, que son, oh justos, vuestras espinas, lleguen a hacerse una zarza, vivos así como están los devorará el Señor en su ira.
10Se alegrará el justo al ver la venganza; y lavará sus manos en la sangre de los pecadores.
11Entonces dirán los hombres: Pues el justo recibe su galardón, es indudable que hay un Dios que ejerce su juicio sobre ellos en la tierra.